ALCOHOL, NIEVE, ZOMBIES Y MANNEKEN PIS (dedicado a don Thornillo, por supuesto)

"El mundo podría existir muy bien sin la literatura, e incluso mejor sin el hombre"
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Jaguar
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ALCOHOL, NIEVE, ZOMBIES Y MANNEKEN PIS (dedicado a don Thornillo, por supuesto)

Mensaje#1 » Dom Abr 10, 2016 4:41 pm

ALCOHOL, NIEVE, ZOMBIES Y MANNEKEN PIS

Cuando entramos en aquel tugurio íbamos tan puestos de alcohol que apenas si podíamos caminar en línea recta, de modo que marchábamos los tres agarrados por los hombros y tambaleándonos de un lado a otro como péndulos chiflados. Me extrañó que el par de gigantes que custodiaba la puerta nos dejase pasar, aunque, por otro lado, en esas o similares condiciones debían llegar la mayoría de los que a esas horas se dejaban caer por allí, de modo que nosotros no constituíamos sino otros especímenes más de aquella variopinta fauna nocturna. En todo caso, nos lanzaron una mirada despectiva y amenazadora al propio tiempo, una mirada con la que ya daban a entender que éramos escoria y que mucho ojo con lo que hacíamos allí dentro. Aquellos semblantes toscos, con sus perfiles cortados a cuchillo y extendidos los rostros hacia delante por las prognáticas mandíbulas que lucían, daban ciertamente miedo, no parecían sino siniestros villanos sacados de algún comic underground; pero a mí, en el estado de embriaguez en que me hallaba, me resultaron ridículos, lo que hizo que me entrase la risa floja. Por fortuna, no se percataron que era de ellos de quienes me reía, dirigiendo su atención hacia los siguientes que pretendían entrar detrás de nosotros.

El interior del local estaba atestado de gente que saltaba y gritaba como posesos al son de los estridentes acordes que producía el grupo punk que sobre el escenario tocaba. El ambiente resultaba tan ensordecedor que sólo se podía hablar a gritos, y aun así se hacía complicado entenderse sin recurrir a gestos. Un tufo mezcla de sudor y alcohol impregnaba la atmósfera. Entre los haces de luz que desprendían los focos se veía flotar el humo de multitud de cigarrillos, o más bien de los porros que pasaban de mano en mano entre los concurrentes; era evidente que la prohibición de fumar no había llegado a aquel garito, ni nadie iba desde luego a reclamar su observancia.

Nos abrimos paso a empujones entre aquella enloquecida barahúnda y fuimos directamente a los aseos, que hallamos asimismo muy concurridos, por lo que tuvimos que de nuevo deslizarnos entre cuerpos sudorosos para introducirnos en uno de los escusados. Nada más entrar en él nos recibió un nauseabundo hedor a orina, vómito y heces que, fluyendo desde el inodoro, echaba ciertamente para atrás, aunque también es cierto que nosotros íbamos a lo que íbamos y, por tanto, no nos importaba demasiado que apestase a perros muertos. Las paredes de aquel infecto cubículo estaban por lo demás hasta arriba de textos y pintadas obscenas, un verdadero carrusel de culos, pollas y coños en abigarrada mescolanza, a todo lo cual tampoco, dicho sea de paso, prestamos atención alguna. Lo que sí nos jodía, en cambio, era el poco espacio de que disponíamos para maniobrar, compelidos a apretujarnos como sardinas en lata a fin de, con todo el cuidado que permitía nuestra embriaguez, disponer sobre la taza del retrete unas cuantas rayas de coca para esnifar, que era precisamente lo que habíamos ido a hacer a aquel pestilente albañal. Logramos nuestro propósito a base de contorsionarnos como acróbatas de circo, sin que ni una sola mota del preciado polvo se desperdiciase, tras lo cual, hasta las cejas de nieve y con un colocón multiplicado por diez, salimos de nuevo al local, eufóricos y decididos a pasar una noche memorable.

Me fui fijando en las tías que había en el garito, dispuesto a encontrar alguna con la que se terciara echar un polvo rápido en los lavabos, en el de ellas a poder ser, que seguro no estaría tan cochambroso como el nuestro; o a lo mejor sí, a saber. No había muchas, la verdad, si bien era fácil distinguir por sus atavíos la particular tribu urbana a la que cada una pertenecía: había góticas, punkies, metaleras y, en menor medida, unas pocas skin y alguna que otra rastafari despistada. Tanta abigarrada mescolanza, además de sorprender, explicaba la fama que aquel lugar tenía de ser pródigo en broncas y peleas: una mirada a destiempo, un tropiezo inoportuno o cualquier otra nadería similar bastaba para encender la mecha de la discordia y que se liasen unos contra otros a puñetazo limpio.

Pijas, en cambio, no vi ninguna, y de haberlas, estarían a buen seguro disfrazadas, puesto que aquel ambiente no era desde luego el más apropiado para su natural desenvoltura; tampoco es que las pijas me seduzcan demasiado, por más que profanar su delicada anatomía pueda en determinados momentos provocarme cierto morbo, sobre todo cuando luego de los primeros remilgos dan paso a un desaforado fogaje, algo que acostumbra a sucederles cuando se les acierta a tocar las teclas precisas.

Pero no, no había pijas en aquel antro. Esa noche predominaba de hecho la estética punk, lo cual era lógico, habida cuenta que el grupo estrella sobre el escenario pertenecía asimismo a dicha hueste. Descollaban en ese sentido las crestas de chillones colores, las cabezas rapadas a lo mohicano, y los labios, narices y orejas horadados por diversos tipos de alfileres y clavos. Aquellas pintas parecían más de alienígenas que de seres humanos, pero a mí eso me daba igual, estaba habituado a moverme en esos ambientes fuera de lo convencional, no en vano siempre me había atraído lo insólito, y esa clase de fauna no dejaba en el fondo de constituir un desafío para mí. Desde luego, por muy agresivo que pudiese resultar aquel tipo de aderezo, a mí no me amedrentaba en absoluto, menos aún con lo puesto que estaba de alcohol y coca.

Yo miraba sobre todos los culos, algunos de ellos ciertamente apetitosos bajo las ceñidas minifaldas de cuero que lucía buen número de aquellas locas; a tales redondeces apuntaban mis ojos como flechas, aunque confieso que tampoco dejaba pasar de largo las tetas sin un detenido escrutinio. Me acerqué finalmente a una joven con la cabeza coronada por una cresta verde limón y cuyas medias de rejilla aparecían rotas por mil sitios. Empecé a saltar frente a ella, imitando sus movimientos delirantes, al tiempo que me fijaba en su rostro, que era blanco como la leche, pero delineado con sombras muy oscuras, lo que le daba un aspecto de zombie que me puso de lo más cachondo, tanto que, sin decir palabra, la abordé para darle un buen morreo. Ella me apartó primero de un empujón, acto seguido me escupió a la cara y, para rematar la faena, me propinó un rodillazo en los huevos antes de dar media vuelta y proseguir con sus saltos estrambóticos.

Mis dos amigos se partían de risa al verme de ese modo vapuleado por miss cresta verde. Yo me sujetaba los huevos por el dolor, pero en realidad apenas si era consciente de lo que sucedía, ya que ante mis ojos los acontecimientos parecían transcurrir a velocidad vertiginosa, como relámpagos atravesando cristales de convexa curvatura, de modo que puede decirse que mi orgullo no se resintió demasiado ni por el rechazo virulento de la zombie ni por las risas de mis dos colegas; no daba el tiempo para ponerse a pensar en esas cosas. Aun así, decidí responder a sus risotadas con el reto de subir al escenario, aprovechando que el grupo que lo ocupaba había parado de tocar, para montar un pollo desde allá arriba los tres juntos. Los ojos de mis amigos tenían la misma expresión alucinada que debían tener los míos, expresión que en sí misma reforzaba la posibilidad de cometer cualquier tipo de chifladura, pero en esta ocasión el desafío no fue, sin embargo, aceptado por mis dos camaradas, quienes dijeron que pasaban de esos rollos y que subiese yo solo si quería.

Dentro de mi cabeza todo daba vueltas y, justo en medio de ese acelerado carrusel, la idea de trepar al escenario había quedad fija como un eje, por lo que, sin más trámite, me encaramé a la tarima y tomé uno de los micrófonos allí dispuestos. Hacer el loco me vendría además bien para contrarrestar el escozor de huevos que me había dejado el rodillazo.

Rápidamente empecé a decir chorradas sin ton ni son, que si me cagaba en tal o en pascual, que si viva la madre que me parió, que si mi jefe era un pringao al que la parienta le ponía los cuernos con el cartero, y otras absurdeces similares. Mi voz gangosa salía multiplicada desde los amplificadores y rebotaba contra las paredes del local como ecos dislocados. Al principio nadie parecía hacerme mucho caso, miradas burlonas era lo único que a lo sumo recibía de la concurrencia; pero a medida que fui incrementando el tono corrosivo de mi desquiciada locución y a dirigir determinados insultos y agravios de manera expresa contra los allí presentes, a quienes, entre otras lindezas, vine a tildar de borregos, chupapollas y espantajos, la peña comenzó a abuchearme, abucheos que, lejos de amilanarme, excitaron aún más mi verborrea, que yo esgrimía para decirles de todo menos bonitos, al tiempo que les dedicaba un surtido género de gestos obscenos y provocadores.

Los componentes del grupo punk estaban tomando unos tragos en la barra y de momento no exhibían intención alguna de regresar, parecían en todo caso ajenos a mi invasión de su espacio, de modo que yo podía seguir encaramado sobre el escenario como rey y señor del mismo. A medida que se intensificaban los pitos y abucheos que recibía, mayores eran también mis provocaciones. En última instancia me saqué la minga del pantalón y, meneándola de un lado a otro, me puse a mear. El chorro amarillo dibujó un arco ostentoso que, en su movimiento lateral, fue cayendo en cascada sobre la apiñada multitud. Aquello se me antojó un espectáculo fascinante, de repente me vi convertido en todo un Manneken Pis de carne y hueso, una atracción de masas, un portento creativo.

Lástima que mi auditorio no apreciase en su justa valía aquella sinfonía diurética que de forma gratuita les estaba ofreciendo. Todo lo contrario, enfurecida por el tibio baño de orina, la turba empezó a tirarme de todo, latas, botellas, botas…, como si yo fuese un muñeco de feria, e incluso algunos se abalanzaron sobre el escenario con miradas torvas y ánimo dañino. Viendo amenazada mi integridad física, decidí salir de allí echando leches, por esa noche ya había sido bastante el espectáculo, aunque… ¿por dónde escapar? La marea hostil me rodeaba por todas partes. En medio de la enfurecida caterva atisbé a mis dos colegas, que seguían al parecer tronchándose de risa.

A partir de ese momento mis recuerdos son ya muy confusos. Noté golpes en la cabeza, puñetazos, patadas, a todo lo cual, pese a mi evidente situación de desventaja, respondía yo de la misma forma, revolviéndome contra mis agresores como un gato acorralado. El desigual combate terminó cuando unos brazos fuertes me sujetaron por la espalda para levantarme en vilo, no sin antes arrearme un rodillazo en las costillas que me dejó sin aliento. Estaba claro que esa era la noche de los rodillazos contra mi persona. A punto de perder el conocimiento, todavía tuve tiempo de reconocer en mis agresores a los dos matones de la entrada, los de la mandíbula prognática.

No sé qué más sucedió luego, ya que quedé definitivamente inconsciente. Cuando desperté ya la noche comenzaba a dejarse escarchar por ese pez de sombra que, decía Lorca, abre el camino del alba. Me encontraba tirado entre bolsas de basura, en medio de un callejón lóbrego alumbrado por farolas moribundas. El panorama no podía ser más desolador. Miré en derredor para comprobar que, aparte de mí, allí no había ni un alma, ni siquiera uno de esos gatos callejeros que acostumbran a trasegar entre la basura. De mis amigos ni rastro, los muy cabrones debían haberse despreocupado por completo de mí; tampoco les culpo, estoy convencido que, dada la moña que llevaban (que los tres llevábamos), no debían ser conscientes ni de su propia existencia; a saber dónde habrían acabado.

Haciendo un ciclópeo esfuerzo, conseguí levantarme. Estaba muy magullado y me dolía la cabeza, la garganta, las rodillas…, todo el maldito cuerpo me dolía. Para colmo de males, apenas había avanzado unos metros cuando unas violentas arcadas me hicieron vomitar. Estuve de hecho un buen rato vomitando; era como si la vida misma se me escurriese por la acequia hedionda que fluía desde mi estómago. Sentí asco de mí mismo.

Anduve hasta la estación de metro más cercana, cuyas puertas se abrían justo en esos precisos momentos, y me subí en el primer tren de la mañana. Estaba deseando llegar a casa, ducharme y meterme en la cama.
:taunt:

Psique
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Re: ALCOHOL, NIEVE, ZOMBIES Y MANNEKEN PIS (dedicado a don Thornillo, por supuesto)

Mensaje#2 » Lun Abr 11, 2016 1:38 am

Jajajaj que relató, pero por desgracia es bastante real en la vida, he trabajado en una sala de fiestas, y nos han tocado clientes así, tambien a mis padres les ha tocado lidiar con sujetos así, que se subían a un escenario hacer el ridículo todo pasados, y sín un mínimo de conciencia, el ponerse a tocar sus herramientas de trabajo, y el pastón que cuesta, una etapa de potencia, un órgano, una guitarra, un escucha, o un bable o en el caso de tú protagonista un micrófono. Cuando suben así a un escenario, no son conscientes del daño que pueden hacer a ese material tan costoso, y que para el artista es el medio con el que se gana el pan para el ¿y para su familia en caso de tener hijos.

Eso sín contar, que tuvo suerte que los gorilas no le mandaron al hospital, y que no le paso nada, mientras inconciente dormía entre basura.

Muy real como la vida misma.

Me ha gustado, gracias por compartírlo. :kisscheek:

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Jaguar
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Re: ALCOHOL, NIEVE, ZOMBIES Y MANNEKEN PIS (dedicado a don Thornillo, por supuesto)

Mensaje#3 » Lun Abr 11, 2016 8:53 am

Muchas gracias a ti, Psique, por leerlo y comentarlo.

Yo no soy muy de salir de noche, y menos a ese tipo de tugurios, aunque en mi época de estudiante sí que los visité a menudo. Digamos que conozco (o al menos conocía) esos ambientes :whistle: Por tales experiencias propias, unido a lo que he leído y escuchado al respecto, sé que sucesos como los que se describen en el relato pueden perfectamente ocurrir. Y es que el mundo de la noche es a veces una jungla :lol:

Un besazo :kisscheek:

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Jimena
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Re: ALCOHOL, NIEVE, ZOMBIES Y MANNEKEN PIS (dedicado a don Thornillo, por supuesto)

Mensaje#4 » Lun Abr 11, 2016 6:24 pm

Dos cosas ..
1º) qué bien escribes , siempre te lo digo , pero es que es verdad !
2º) Todo lo que le pasa al protagonista de la historia lo tiene bien merecido , nunca he entendido que para pasárselo bien se tuviese que colocar así la gente , alcohol , drogas .. etc ... será que soy muy sosa o muy anticuada ....


El relato es de 10 . ( y no me quiero pasar con los halagos ) ejem :mosking:
Y DE PASO CAÑAZO ....

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Jimena
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Re: ALCOHOL, NIEVE, ZOMBIES Y MANNEKEN PIS (dedicado a don Thornillo, por supuesto)

Mensaje#5 » Lun Abr 11, 2016 6:26 pm

Leches lo que me ha costado mandar ese mensaje llevo casi dos horas con el dichoso ERROR ..
Y DE PASO CAÑAZO ....

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Jaguar
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Re: ALCOHOL, NIEVE, ZOMBIES Y MANNEKEN PIS (dedicado a don Thornillo, por supuesto)

Mensaje#6 » Lun Abr 11, 2016 7:07 pm

Tú que vas a ser sosa, Jimena; eres un encanto :hug:

Muchas gracias por tu comentario tan halagador. Recordando un hilo reciente de Dae, los halagos sinceros siempre resultan agradables y bienvenidos :magnify:

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Dae
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Re: ALCOHOL, NIEVE, ZOMBIES Y MANNEKEN PIS (dedicado a don Thornillo, por supuesto)

Mensaje#7 » Mar Abr 12, 2016 6:51 am

Muy bueno, Jaguar. :)

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Jaguar
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Re: ALCOHOL, NIEVE, ZOMBIES Y MANNEKEN PIS (dedicado a don Thornillo, por supuesto)

Mensaje#8 » Mar Abr 12, 2016 8:59 am

Peque. escribió:Alaaa pero cómo se le ocurre mear a la gente. Jajajja.

Muy chulo Jaguar, el anterior que escribiste también que lo leí y no puse nada.


Un placer tenerte como lectora, Peque :hug:

Y sí, el prota de mi relato es un guarrote :evil:

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Jaguar
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Re: ALCOHOL, NIEVE, ZOMBIES Y MANNEKEN PIS (dedicado a don Thornillo, por supuesto)

Mensaje#9 » Mar Abr 12, 2016 8:59 am

Dae escribió:Muy bueno, Jaguar. :)


Gracias, Dae :hug:

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